[Alejandro entra en la Historia de la canción]
Alejandro limpia sus pinceles estrujándolos enérgicamente contra una pastilla de jabón bajo el chorro de agua fría del lavabo. Son las dos y media de la madrugada y no ha podido aún sentarse a la mesa donde esperan su mujer, Jaydy, recién llegada de España con Vicente Ramírez, mucho más que su administrador; los Céspedes (Pancho y señora), y Nacho Cano, que también ha volado a Miami sólo para hablar con él.
Acaba de terminar la grabación del disco más esperado del año 2000 y, en casa, se reencuentra con su nueva afición.
Ha descubierto que pintar le relaja y le enseña muchas cosas de sí mismo. Con todo lo que le queda por vivir, desea conocer si tiene límites o fronteras por dentro. Se le encendió la pasión pocos días atrás, y ya tiene acabados un montón de cuadros. El primero que pintó era un paisaje de corte clásico que te salió bastante bien para no haber hecho eso antes en su vida. Después elaboró una serie sobre el tema del dolor, con un destello cuadrado y rojo que evoca una herida ardiente. En sus obras suma ideas e imágenes impresionistas en varios planos que, al entremezclarse, cuentan una historia que es diferente para cada espectador. Aquel cuadro donde predomina el azul, a Jaydy le pareció un árbol y a otros un pie... El hombre amarillo sentado en la silla tiende una mano que... —¿implora perdón, pide socorro, o amenaza...?—. Cuando se empezó a soltar, llegaron los retratos con caras y figuras en colores ásperos, como el añil y el cobalto... «un color muy soul». Progresivamente, ha ido despojando a sus cuadros de lo artificial, dejándolos en la esencia.
Su mujer acaba de darle la noticia: por fin su casa de Madrid está terminada. Dos mil metros de parcela y quinientos construidos. No quiere más. Su amigo Miguel Bosé ya le ha advertido (y él ha vivido en carne propia) las complicaciones que trae habitar en grandes dimensiones. Considerando los espacios habituales, quinientos metros siguen estando muy bien, pero comparados con las mansiones de los Estefan, los Iglesias o Ricky Martín, esas medidas convierten a Alejandro en un «franciscano» del show business.
Al entrar en la casa de dos plantas de North Bay Road, lo primero que destaca es un piano blanco bajo la escalera. Julio Iglesias le ha visitado varias veces allí. Era un encuentro lógico entre dos generaciones del éxito, porque el patriarca ha demostrado siempre un olfato superdotado para rastrear el talento. Han compartido langostas, alguna botella de Vega Sicilia, confidencias, y estudio. Alejandro acompañó a Julio mientras grababa los dos temas suyos que incluyó en su «Noche de cuatro lunas»: «Corazón partío», que pasaba así a la historia como standard hit mundial, y «Seremos libres», una canción inédita muy romántica que Alejandro reservaba para una buena ocasión.
Aún está oyendo lo que le aconsejó el mito viviente en uno de esos encuentros: «Tú tienes que cantar en inglés, Alejandro. Piensa en lo bien que me ha ido a mí, en todo lo que he conseguido. A ti te puede suceder lo mismo. Fíjate en Ricky Martin. Además, tú eres un gran compositor. El mejor. ¿Por qué no te decides a hacer una carrera a nivel mundial?...»
Pero él no dudó al responder: «Es que yo, Julio, no quiero un avión ni tener muchas casas o más dinero del que pueda gastarme nunca. Vender discos no es lo que más me importa, sino hacer lo que quiero y como quiero. En eso estoy, y no lo cambio por nada del mundo.»
Entre marzo y agosto del año 2000, Alejandro vivió las veinticuatro horas del día concentrado en su música. Es su mayor felicidad, y estiró el plazo de entrega del master a su discográfica todo lo que pudo, porque antes de dar por terminado un disco continuamente encuentra detalles que pulir y mejorar. Hasta que casi se lo arrebataron de las manos, estuvo dando forma a un álbum crucial en su trayectoria, que llegaba después de «Más» y tenía el listón muy alto.
Cuando se han vendido más de cinco millones de discos, te premian en Europa por vender en tu continente más de dos millones de copias, y el difícil mercado brasileño te está abriendo sus puertas, parece no haber final.
«Más» hizo tan grande a Alejandro Sanz, que su discográfica no puede conformarse con lo que ya ha conseguido, porque ha despertado el interés de todas las divisiones Warner en el mundo. El objetivo es crecer en Estados Unidos y Europa, e iniciar la ofensiva asiática —Luis Miguel, que es artista de la compañía, ha obtenido muy buenos resultados en Taiwán cantando en castellano—. «Más» ya fue publicado en Japón, Tailandia y Hong Kong, así que no es ninguna locura plantearse muy en serio ese mercado. En Warner empieza a verse a Alejandro como un artista de la talla de Madonna o de Phil Collins y con mucho desarrollo aún por delante. Como suele decirse, el cielo es el límite.
En el lavabo de Miami, el pintor novel reflexiona sobre todo esto, y comprueba que la grabación de «El alma al aire» le ha dejado más satisfecho que cualquier otra. Las canciones están plagadas de detalles que las enriquecen musicalmente, se ha entendido como nunca con su productor, Emanuele Ruffinengo, y firma al ciento por ciento el resultado final de cada tema. Muchos esconden sorpresas y tesoros en forma de juegos de palabras o sonidos misteriosos, que se desvelan en este libro.
Es un disco que va a durar mucho tiempo.
Hasta aquí, el presente de Alejandro Sanz.
Lo que sigue es un buceo en su pasado, una búsqueda que ha contado con su complicidad, para descubrir los momentos que más le marcaron, sus vivencias y, sobre todo, su manera de pensar sobre lo que le rodea.
A partir de aquí comienza la historia del chico de Pueblo Nuevo que ahora ve la bahía de Miami, Florida, no lejos de las casas de otros amigos suyos que se llaman Ricky Martin o Julio Iglesias. Como en Moratalaz vivía cerca de Pedrito el Electrónico, o compartía risas y marcha con «el punki de la Elipa».
Esta noche, en Miami, Nacho Cano se sienta al piano y Alejandro no puede evitar seguirle. En la pacífica pugna sigue a continuación, el veterano rey de los ochenta, el escandaloso mecano famoso por escalar pianos y saltar sobre los escenarios de medio mundo, se rinde ante la manera de tocar de Alejandro, sorprendido del modo en que combina las frases melódicas y el arte con que liga los sonidos.
Cuando al fin se despiden los invitados, Alejandro coge a Jaydy por la cintura y sube la ancha escalera de caracol hasta su habitación.
Ocurrió un día en el 2000.