[Lo más particular de un hombre público]
No es posible hablar de «un día cualquiera en la vida de Alejandro Sanz» porque se niega a tener días así.
Considera una obligación sacarle a cada jornada un «ratito de placer especial», y eso mismo le impide ponerse metas. Vivir pensando en una meta le parece despreciar el tiempo que va desde que uno se la propone hasta que la alcanza, como si el tiempo de en medio fuera de segunda categoría. En cada momento pueden surgir mil cambios imprevistos, y su verdadera meta es disfrutar cada segundo de su vida con toda intensidad.
Eso choca con la idea habitual que tenemos de quienes logran el éxito. Tendemos a imaginarles fríos y calculadores, disfrutando de un premio conseguido gracias a una estricta planificación... pero es sólo una fantasía.
Alejandro duerme poco. Normalmente, no más de cuatro horas, aunque alterna esta carencia con períodos «marmotiles» de doce horas de sueño... «Prefiero las etapas de dormir menos, porque en las otras soy totalmente hiperactivo.»
Y como duerme poco, apenas sueña. Ha tenido, sin embargo, tres o cuatro pesadillas en su vida que jamás olvidará. La primera, hacia los seis años. «Había un monstruo (no cualquier monstruo... ¡el monstruo!) entrando por la ventana de mi habitación. Y daba unos botes terribles. Venía por mí y cada bote que daba, se acercaba más y más. Todavía se me ponen los pelos de punta cuando me acuerdo.»
En otra ocasión, después de una cena en la que se había excedido comiendo pato, tuvo una pesadilla terrible con un asesino muy malo, muy malo. «También estaba dentro de mi cuarto. Siempre se me cuelan en la habitación.»
Entre sus originalidades gastronómicas, Marta Cardenal recuerda una madrugada en el aeropuerto londinense de Heathrow, que en vez del típico café de trámite Alejandro escogió tomar ostras con aceitunas regadas con vino blanco. Y le sentaron tan bien, que de estar agotado pasó a recuperar su euforia y energía habituales.
El invierno 1999-2000 fue un dulce paréntesis en todos los sentidos. Alejandro se dejaba ver tan poco en público, que no se cortaba el pelo ni se preocupaba demasiado de lo que se ponía encima. Si tenía una cena de amigos en Madrid, apuraba hasta el último momento en su trabajo. Y cuando llegaba la hora de salir, Marta le bajaba apresuradamente dos opciones de cazadora y de deportivas —o unos zuecos blandos— para elegir. Concentrado como estaba en sus composiciones, no quería tener otra preocupación. Abría la puerta, y el todo-terreno estaba en marcha y listo para acogerles a Jaydy y a él.
La entrega de la medalla de la ciudad en Sevilla marcó, en febrero de 2000, la suelta a la vida pública.
Decíamos que dormía poco. Bien. Pero después se despierta y desayuna fuerte, porque se levanta a primera hora de la tarde. En Miami, nada más desayunar, salía para su paseo en moto acuática desde el embarcadero de su casa. Volvía renovado y feliz. Fuera de esta afición, y algo de bici, no es muy perseverante con el ejercicio.
Le dan arrebatos de tanto en tanto, y entonces le dice a Marta: «Monta el gimnasio, que empiezo mañana mismo.» La decisión le dura un par de días, pero después se aburre. El ejercicio a secas, sin que vaya acompañado de alguna actividad excitante que a la vez le divierta, le hace desistir al poco tiempo. Pero debido a su constitución fuerte, recupera fácilmente la tersura y la dureza muscular. Sí hace, de vez en cuando, abdominales.
Sus gustos gastronómicos son amplios y variados: le encanta la pasta, el marisco, la comida española (gazpacho, arroces, el cocido que le hace su madre) y probar los platos propios de cada país que visita. En su mesa son habituales los langostinos de Sanlúcar, el jamón de bellota y el vino blanco helado.
No puede prescindir del jamón de bellota, materia en la que es especialista. Tanto es así, que apreciaba más que ninguna otra cosa cuando estaba en Miami y alguien se lo llevaba desde España de contrabando (en USA no pueden entrar esos productos salvo si eres importador) envasado al vacío para que los perros que husmean en los aeropuertos (y que no sólo buscan drogas, sino zanahorias o cualquier producto comestible sin la entrada autorizada en el país) no lo detectara.
Si bebe whisky, elige el Chivas doce años, con o sin coca-cola. También le gustan el gin-tonic y el tequila, pero esta última bebida no le sienta tan bien. Le encanta el champán y toma, de vez en cuando, la españolísima manzanilla.
Cuando llegó a Miami buscó una chef profesional. Pero no pasó la «prueba del gazpacho». Y mientras él descubría en esos meses su pasión por la pintura, su asistente se convirtió en una excelente cocinera.
Las dotes culinarias de Alejandro van desde un arroz con verduras a la pasta con trufas (tartufos), unos deliciosos huevos estrellados o su personal forma de preparar el pez espada, sazonándolo con imaginativas combinaciones de salsas y guarniciones de pimientos. Su afición por la gastronomía ha hecho que el cantante se interese por los mejores cocineros de nuestro país. Disfruta especialmente en compañía de Abraham García, del restaurante Viridiana, en Madrid, porque «lo que más me gusta de la gastronomía es la teoría, y este hombre es un gran poeta. Es imaginativo y me gusta escucharle cuando cuenta la historia de cada plato. Ferran Adrià cocina maravillosamente, pero no es tan poeta. Lo es también Arzak, pero Abraham es el que más, y es un personaje. Me gusta también Pedro Subijana, que es más pintor que poeta y cuida, sobre todo, la arquitectura y la estética de sus platos».
No se considera «guaperas», y si se le habla de imagen, dice que le gustaría ir siempre perfecto, pero como no lo consigue, desiste. Sí guarda buena relación con el diseñador catalán Antonio Miró, que ya ha vestido a sus amigos de Ketama y tiene una conocida faceta de músico.
Para su vestuario cotidiano ha delegado completamente en Marta, y «su sombra» ha descubierto una mina de posibilidades en la ciudad de Nueva York. Siguiendo el consejo de un estilista, Marta Cardenal viajó a Manhattan y regreso a Miami cargada con ropa de gran variedad de marcas, coloridos y cortes para un Alejandro Sanz que se encontraba a gusto en movimiento. La estética decidida para su nuevo álbum no difería en mucho de la vista en «Más». Es natural y nada forzada, pero en las fotos se advierte un cambio de gustos en el cantante, que le lleva a preferir las imágenes más sueltas y alejadas del retrato paralizante. Las que más le gustan son las que captan al Alejandro real, lejos de poses estudiadas.
Marta se encarga de buscar quien le corte el pelo (con ese desfilado por delante), de comprarle hasta sus pijamas (de botones, a rayitas Oxford, en el Gap de Lincoln Avenue de Miami), y de suministrarle toda su ropa, incluidas las docenas de conjuntos que llenaban su amplio vestidor de North Bay Road, un verdadero placer para cualquier aficionado a la moda. Aunque era un cuarto que Alejandro utilizaba con más gusto ya de noche para ponerse cómodo, enfundándose en sus shorts y su camiseta embadurnada de óleos, antes de enfrentarse a los lienzos por varias horas.
«No soy pintor. Yo soy artista. Me gusta todo lo que tiene que ver con el arte. Pero no me gusta verlo, sino hacerlo, intentarlo, sentir las emociones.»
Entonces pasaba horas dando pinceladas sobre el lienzo como los pájaros dan los picotazos: urgentes, con mano rápida, produciendo cuadros a tal velocidad que llegó a hacer seis retratos en dos horas. Se detenía mucho en los ojos de sus personajes «porque ahí está todo», y cuando algo no salía a su gusto, lo cubría con una capa de aguarrás que produce un efecto difuminante, antes de dejarlo reposar. Para él «es más importante disfrutar de pintar que respetar lo que está hecho. Pinto como si fuera una terapia. No tengo miedo a los cuadros, y no puedo perder tiempo leyendo libros sobre cómo se pinta, porque prefiero descubrir las cosas haciéndolas. Me gusta el impresionismo, aun sin saber bien en lo que consiste. Me gustan Manet, Monet... Me gusta incluso que se llamen casi igual, como si fueran Hernández y Fernández».
Antes de entrar en la vida de Alejandro (o al revés) Marta Cardenal se había dedicado a la prensa de moda y a organizar congresos automovilísticos. Es una chica de paciencia absoluta, que no se altera jamás, y que solía cambiar de trabajo cada dos años. Ahora está a punto de cumplir tres como su asistente personal «porque es un trabajo muy variado, y no hay ocasión de aburrirse. Lo único que se repite en su vida es el gusto que le da recibir a sus amigos, lo que se divierte con su madre y con su padre... y lo feliz que es cada vez que les tiene cerca. Nos inventamos mis funciones entre los dos, y me puede tocar cualquier cosa. Por ejemplo, en Miami, llevar toda una casa».
Marta se deshace en elogios hacia su jefe. «Es muy generoso y muy detallista. Cuando tiene que hacer un regalo, no mira el dinero en ningún momento. Si Arancha Sánchez Vicario gana un trofeo, le manda flores, y si Almodóvar o Sabina tienen un premio o un éxito, les envía enseguida un telegrama. Cuando murió Tito Fuente envío el pésame a su viuda.»
«También ha tenido caprichos curiosos, como cuando se empeñó en comprarse un enorme helicóptero teledirigido en Brasil, porque había descubierto el placer de pilotar los de verdad.»
La idea que tiene el cantante de sí mismo como jefe es algo caótica... «Creo que soy fatal jefe, porque soy un poco posthippy. Pero cuando eres mal jefe consigues tener el mejor equipo, porque sólo pueden estar contigo los que funcionan sin que se lo tengas que imponer. Es una suerte no haber crecido desde pequeño con la costumbre de tener a nadie que dependiera de mí, porque ahora la relación que tengo con mi gente es distinta a la de quienes siempre han tenido otras personas a su servicio. Y algunos de ésos, que van de jefes, hablando de Marta o de Vicente, dicen que tengo verdaderas joyas trabajando conmigo.»
Un sello personal de Marta es la profusión de flores que, con las velas y el incienso que siempre rodean a Alejandro y Jaydy, da a las casas por las que han pasado un ambiente común de paz y relajación.
Ese clima es más importante para Alejandro que cualquier objeto, salvo las obras de arte. Aprecia los cuadros, y en Somosaguas mostraba contento un grabado de Tàpies que Pepe Barroso le había regalado, a la vez que su flamenquismo manifestaba: «Lo más parecido a un Lladró que había en mi casa era el contador del gas.»
Le gusta también, de siempre, la lectura. A impulsos, como hace él las cosas, pero cuando está en racha, de forma arrolladora. De pequeño descubrió a Baroja, a Delibes, y la poesía de Neruda. Paradójicamente, el costumbrismo hacía trabajar mucho su imaginación. Pero todavía ningún libro ha logrado superar las emociones que le provocó El perfume, de Patrick Süskind. Cree que todo el mundo debería pasar por la experiencia de leer Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, y las Rimas y leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer. Machado, Lorca y Miguel Hernández figuran entre sus imprescindibles.
Ocupaban la estantería de su cuarto, en Miami, Hiperión, de Friedrich Hölderlin, que le regaló Gregorio Marañón; Las personas del verbo, un libro de Jaime Gil de Biedma obsequio de Miguel Bosé; y El espejo del mar, de Joseph Conrad, además de sus libros sobre técnicas de pintura y la colección completa de discos de Edith Piaff.
«Siempre pensé que la literatura podía ilustrarme, pero no ha influido sobre mis letras del mismo modo que la música sobre mi música. Analizar un estilo literario es más complicado que analizar un estilo musical. Yo oigo un blues y sé que es un blues, pero diferenciar matices y estilos dentro de la poesía, me cuesta más. Además, nunca he sido de obsesionarme por un escritor, y la obsesión es la que provoca la influencia. No me ha obsesionado ni siquiera Benedetti.»
Hay otro escritor del que se declara seguidor, pero más del personaje que de su literatura. Le encanta imitarle, como contaba su prima María José, porque le gusta muchísimo oírle hablar... «Antonio Gala debería grabar vídeos hablando durante horas.»
Cuando la pintura le hace ya ver doble y le reclama el colchón, suele tener cerca un vídeo alquilado en el Blockbuster más cercano. Ve películas casi a diario, y le gustan los guiones bien trabados, interesantes por su capacidad de sorpresa, como «Sexto sentido». También le gusta el drama romántico («Shakespeare in love»), o descubrir una interpretación brillante de un actor que «se lo cree» aunque la película no valga demasiado, como le ha ocurrido con Sandra Bullock.
El cine es una de las cosas interesantes que le queda por probar, aunque es consciente de que esa posibilidad se aleja a medida que su fama como cantante y compositor crece... «Lo que me han propuesto no me ha interesado. El tipo de papel que me gustaría, no me lo van a dar a mí. Y no digo un protagonista, que nunca aceptaría. Es un reto demasiado grande para no haber actuado ni para la cámara de la primera comunión y me parece que no estoy dispuesto a pasar por todo el proceso que eso supondría. Yo hablo de un buen guión, un papel que me interesara y me diera la oportunidad de probar lo que sale de mí.»
Es hombre de impulsos, pero los somete a una severa vigilancia, porque algunos le gustan menos que otros... «Tengo una verdadera batalla contra la tentación de ser pedante cuando estoy con políticos e intelectuales y creo que debo decir siempre cosas inteligentísimas y brillantes. Para contrastarla, trato de mantenerme natural y creerme mi naturalidad, pero a veces es difícil, porque hay cierta energía que te empuja a fingir más o menos de lo que eres y tengo que pensarlo para vencerla.»
Contra la ira tiene entablada otra de sus más íntimas peleas. Él llama sus «pequeñeces» a estos rasgos de su carácter que aún no ha logrado vencer. Y considera esas «pequeñeces» unos dignos enemigos a los que combatir... «No saber controlar mi genio en algún momento, es para mí una pequeñez, una miseria. Pero es un enemigo digno, porque no se le da a todo el mundo el carnet de enemigo. Hay muchos que pretenden serlo, pero es un club muy selecto. Esos que están ahí, “quiero joderte, quiero joderte... ¡Qué va, hombre, vete por ahí a pelear con tus amiguitos!”. Los enemigos tienen que ser tan respetables para mí como lo era Toro Sentado para el Séptimo de Caballería.»
Mientras intenta controlar la ira, se alegra de haber vencido totalmente a otro digno enemigo: sus celos. «Eran enfermizos, y ha sido muy liberador controlarlos.»
No utiliza ninguna técnica especial para combatir la mala leche, aparte de aprovechar conflictos cotidianos para recordar que es proclive a estallar y detenerse antes... «Si tu mujer pone una cara larga y tú la pones también, la cagaste. Pero puedes arreglarlo sólo con decirle: “¿Así que quieres pelea? ¡A ver si eres capaz de provocarla!” Te ríes, y ya está. A veces no lo hacemos por pura vagancia.»
El éxito no le provoca sin embargo sensación de superioridad ni excita su vanidad... «El éxito no da un subidón de ego. Cuando ves a todo ese público entregado es más bien una emoción parecida a... al último capítulo de “Lassie”.» Asegura que no salir tanto a la calle, aparte de lo complicado que ya lo tiene, no es un síntoma de estiramiento, sino de todo lo contrario... «A veces se cree que quien sale mucho es más enrollado. Pero yo creo que algunos salen a ciertos sitios para darse un chute de fama, un homenaje de alturas. Yo salgo menos y convivo más con mi gente, mis miserias y las miserias de los demás.»
Corroborando su postura, los signos externos que tanto parecen fascinar a algunas estrellas, carecen de valor para él. Las limusinas no le interesan, porque cuando ha tocado todos sus botones le parecen muy aburridas. Otros artistas aseguran que en Sudamérica es imprescindible desplazarse en una de ellas para marcar el estatus, pero Alejandro cree que el problema es de los artistas, no del nivel que tengan.
No le dan morbo esas cosas. Le da morbo la mujer, porque sigue siendo lo inesperado. Le da morbo el misterio, lo que no alcanza, las ansias... le da morbo que los demás se pongan metas.