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Alejandro Sanz - Por derecho
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[94-95. Aparece Jaidy, «Alejandro Sanz 3», la conquista de Latinoamérica]

 

En el año 94, la presión de las fans y la necesidad de espacio vital hace que los Sánchez-Pizarro (Alejandro incluido) se trasladen a la calle Toronga, en el noroeste de Madrid. La nueva casa tiene la tranquilidad necesaria para que el músico, superada con éxito su zozobra personal y teniendo asumido que en lo profesional pueden producirse aún sorpresas desagradables, elabore los temas que darán origen a su nuevo disco.

Después de una etapa alejado de viejas amistades para adquirir otras que a veces se le acercaron más por su fama que por sí mismo, en la que ha eludido relaciones sentimentales duraderas, la música le devuelve a sí mismo y le pone los pies en el suelo. Es el motor de su vida y lo que, como siempre dice, «le ha sacado de bastantes apuros». Se ha empleado a fondo en sus estudios de piano, y ello se va a notar en la calidad de sus composiciones para «Alejandro San 3».

Ese año participa en el gran festival chileno de Viña del Mar, donde formó parte del pirado y cantó dos canciones de «Viviendo deprisa», además del famoso dueto con Miguel Bosé de «Nada particular». En el misino certamen coincidió con Luis Miguel y con Ricky Martin, a quien ya había conocido en México. Ricky dudaba por dónde tirar. Quería hacer letras, cambiar de registro, y Alejandro le dijo: «Vente a España, te relajas, piensas tranquilamente, y si yo puedo ayudar en algo, te ayudo.» Estuvo un par de semanas viviendo en la casa de Toronga y viendo la forma de trabajar de Alejandro. En España se le conocía menos que ahora, y la estrella de Puerto Rico podía así escapar al acoso de las fans por unos días para reflexionar. De esas fechas quedó, como testimonio, el tema de Alejandro «Nada es imposible», que Ricky interpretó en su álbum de 1995 «A medio vivir».

En diciembre del 94, Alejandro realizó la sesión con el fotógrafo Jesús Ugalde de la que saldría la carátula del disco nuevo. El nuevo Alejandro cuida su cuerpo, ha vuelto a hacer ejercicio y compone canciones a un ritmo vertiginoso con una entrega a su trabajo difícil de hallar en otros artistas. Incluso puede pensarse que la extremada disciplina que se autoimpone para progresar en el dominio del piano es parte de su receta.

Sale de una etapa excesivamente autocrítica y algo destructiva sin ayuda externa, lo que demuestra la fortaleza de su carácter. A veces ha reconocido que, una personalidad como la suya, natural y directa, tras vivir el superéxito de sus inicios tuvo que pellizcarse para ver si todo eso era verdad. Y le pareció tan fuerte la experiencia, que después se colocó muy por debajo de lo que en realidad valía, diciéndose que no se merecía tanto.

Mientras escribe canciones, tal vez por volver a conectar con un entorno anterior y conocido que le haga sentirse cómodo, vuelve a llamar a Pedro Miguel Ledó, que llega a Madrid para servirle de apoyo como asistente personal —recordemos que para «3» recuperará «Quiero morir en tu veneno».

En la nueva casa va creando un estudio que al principio es una mesa y acaba teniendo todo lo necesario para maquetar un disco profesional. Alejandro ha adquirido una madurez de compositor muy importante, y su compañía de discos le apoya totalmente. Pasada la necesidad de abrirse a ese público adulto y demostrar su capacidad a los más exigentes, había que crear un disco nuevo, distinto y definitivo. Quien no hubiera captado aún las señales y no se hubiera querido subir al carro... allá él.

«Viviendo deprisa» había tenido la frescura de ser grabado casi como una improvisación de Eddy Guerin. «Si tú me miras» fue el álbum exquisito que se buscaba gracias a la meticulosidad y finura de Nacho Maño, que manejó admirablemente a los músicos ingleses. Con «3» se trataba de hacer un disco con el ingrediente de lo espectacular.

Para ello, todos estaban de acuerdo en potenciar una de las resonancias más claras en Alejandro: la italiana.

Había que encontrar al productor que, bajo la supervisión y el oído «muy de público» de Miguel Ángel Arenas, diera grandiosidad a unas canciones que conquistaran desde la primera escucha, mostrando todo su potencial.

Las miradas se dirigieron, en un primer momento, a Celso Valli, cuyos trabajos con Eros Ramazotti —aunque bajo el mando de Piero Cassano— eran una referencia segura para la industria. No olvidemos que, cuando salió Alejandro Sanz, Eros era el gran fenómeno. Y como motivo añadido, está la vieja cuestión de por qué los artistas italianos logran penetrar en España, y en cambio no se consigue casi nunca que un español triunfe en Italia.

Incompatibilidades de fechas no permitieron aceptar el trabajo a Celso, aunque le interesó mucho, y José Luis de la Peña, nuevo director artístico de Warner tras el ascenso de Zabala —y ex bajista de Los Elegantes— escuchó los trabajos de Emanuele Ruffinengo, que había colaborado con Celso Valli en «Stella nascente», de Ornella Vanoni.

El entendimiento artístico entre Emanuele y Alejandro funcionó desde el primer momento, y su colaboración dura hasta el día de hoy. El piamontés no había pisado jamás España cuando tomó el avión con un diccionario en la mano que ampliara su conocimiento del idioma local («peseta», «paella» y «corrida» era todo lo que sabía decir). En su primer encuentro, ambos hablaron inglés hasta que Alejandro dijo: «Háblame en italiano, yo te hablaré en español y verás cómo nos entendemos mejor.»

Aquello debió de ser como el encuentro entre el primero de la clase y el más travieso, porque Emanuele es el tipo de hombre al que confiarías tu mayor secreto nada más conocerle, o a tu hermana menor poliomielítica para que la cuidara mientras haces una gestión urgente. Genera tanta confianza y tiene tal cara de bueno, que no parece de este mundo.

El parto del «3» no fue rápido ni fácil. Tras escuchar la primera maqueta que Alejandro entregó en Warner, tanto José Luis de la Peña como Iñigo Zabala opinaron que «el single no estaba», y había que hacer más canciones. Cuando el artista volvió a casa con la cabeza baja y lo contentó con Pedro Miguel, éste se llevó las manos a la cabeza: «¿Pero qué quieren? ¡Si les hemos llevado un discazo!»

Alejandro reaccionó más fríamente... «Si lo dicen, será por algo.» Después dedicó toda la noche a escuchar el material, y se dio cuenta de que tenían razón. Desde ese momento, la opinión musical a la que concede más crédito es la de Iñigo. Y hay motivos para ello: entre las cinco canciones que Alejandro incluyó en la nueva cinta que entregó más tarde, se encontraban cuatro de los cinco singles que salieron de ese álbum: «La fuerza del corazón», «Mi soledad y yo», «Lo ves» y «Quiero morir en tu veneno».

Para la grabación de «Alejandro San 3», realizada por un equipo italiano en su mayor parte, se eligió un palacete del siglo XIII cercano a Venecia cuyos propietarios promocionaban recordando que en una ocasión había servido de alojamiento a Ronald Reagan.

Para Alejandro fue un estímulo añadido, porque Italia «tiene un punto maravilloso. Es el país europeo más parecido a España, y me gusta su forma de entender lo música».

Allí se encerró hasta que salieran en su formato definitivo las canciones del disco «que no deben ser más de diez. Prefiero un disco con nueve canciones buenas a uno con dieciséis que al final cueste oír».

Las sesiones, entre febrero y marzo del 95, se desarrollaron con buena sintonía entre Miguel Ángel Arenas, Emanuele y Alejandro, y el resultado es un disco brillante, potentísimo, que cimentó definitivamente su carrera por la seriedad de sus planteamientos y por su solvencia sonora.

«Las canciones de “Si ni me miras” iban por delante de su tiempo, pero su falta de tirón comercial no estuvo en las canciones, sino en el sonido de ese disco —opina Emanuele—. Cuando Alejandro canta, pone en la voz la misma energía que un cantaor flamenco, y lo primero que yo me planteé fue cómo introducir esa energía en canciones pop. Cuando sube de esa manera en sus fraseos, necesita un apoyo de sonido y de técnica que esté a su altura. En “Alejandro Sanz 3” también descubrimos que necesitaba músicos latinos, porque los ingleses sonaban muy bien, pero al meter músicos latinos en el estudio, ocurría algo especial.»

Cuando Emanuele se incorporó al «3», el repertorio del disco estaba acabado y decidido. Desde su base en los estudios de Treviso, Alejandro y él visitaron otros puntos de Italia durante las fechas de la grabación, y al concluir esa fase confiaron las mezclas de sonido otra vez, a los estudios Townhouse de Londres.

Ese año traería más cosas buenas a la vida del cantante, porque antes de terminar le proporcionó un encuentro que aún no se había producido cuando está grabando «3»...

«Luis Cobos..., ¡tachan, tachan!..., me presentó a Jaydy en la que yo creo que fue su mejor actuación. Lo que más me gustó de ella fue su aire campesino. Llevaba aquel día un peto vaquero, y me dio mucho morbo eso y sus pecas, que también me gustaron mucho. Y no fue nada fácil, porque ella quería algo serio... Lo que consiguió, vamos.»

Un almuerzo de trabajo con el famoso director de orquesta se cruzó en su camino y le devolvió el interés por mantener una relación estable después de mucho tiempo sin compromiso.

Cobos quería convencer a Alejandro en esa comida de que se presentara como consejero de la Asociación de Intérpretes y Ejecutantes, y aunque Pedro Miguel le aconsejó que no aceptara, porque no tenía tiempo para reuniones y asambleas con horarios concretos, aceptó. Fue más duradera su relación con Jaydy que su vinculación a la AIE, sin embargo...

«Fui a la primera reunión y no volví a ir en mi vida, porque escuché muchas estupideces. Había celos y cosas raras por parte de algunos maestros de la música clásica, que a los demás nos consideran mal. Había uno allí que era un gili y me atacaba todo el tiempo. ¡Para una pregunta que hice! Al final, le dije: “¿Pero no soy el delegado de clase? ¿Por qué me habla usted así, señor director?”»

«... Bueno, pero Luis va me había presentado a Jaydy. Ella había venido a España a probar suerte de modelo. La había traído una agencia y estaba viviendo en una pensión con otras modelos. Entonces, una amiga suya que salía con Luis Cobos y vivía en su casa, le dijo: “Mira, ésta es una amiga que también vive conmigo.” Y Luis, que la veía monísima, se la llevó a su casa. ¡Después se encontró a santa Teresa de Jesús, porque teme al bigote de una gamba!... ¡Como para no temer al bigote de Luis Cobos!»

La primera imagen que Alejandro guarda de su mujer es «con ese peto y sus pequitas... Le dije a Luis: “Tío, ¿quién es ésa?”, y a ella: “Hola, ¿qué tal? ¿Qué te parezco?” Contestó: “¡Un gilipollas!” Y yo dije: “Le gusto. Me ha mirado y ha bostezado. Vamos por buen camino...”».

Todos los asistentes a ese almuerzo fueron obsequiados con el recién editado «Alejandro Sanz 3». La idea de titularlo con un número partió en este caso de José Luis de la Peña, porque como explica Iñigo Zabala: «Alejandro no suele poner los nombres a sus álbumes. Pide opinión a gente de su confianza, que le sugiere ideas, y al final elige el que más le gusta.»

El disco, una verdadera máquina expendedora de éxitos, vio la luz en mayo, y la compañía fue cauta al editar las copias: sacaban un lunes una tirada de treinta mil copias, se agotaba en el mismo día y el martes ya tenían que hacer inmediatamente otra tirada... Así hasta los 700.000 discos que se vendieron tan sólo en España. «La fuerza del corazón» y «Mi soledad y yo» saltaron desde el primer momento al número uno de las listas de ventas, y lo mismo ocurrió con «Quiero morir en tu veneno».

El éxito español n0 se reprodujo automáticamente en el resto del mundo. Iba a ser el título de su consagración en Latinoamérica, pero tardó en arrancar, y mientras que las noticias del Cono Sur eran muy buenas, en México, donde ya «Viviendo deprisa» había sido importante, tardó en despegar, para disgusto de Alejandro. Fue pronto superventas en Chile, arrasó en Ecuador, pero en el departamento de promoción de la Warner se recuerda aquel despegue como el fruto de mucha imaginación y trabajo extra, hasta que se obtuvieron de verdad los resultados deseados.

Hubo más reveses en la implantación de «Alejandro Sanz 3». El disco cantado íntegra mente en italiano con diez canciones (cinco de ellas sacadas del «3» y otras cinco de «Viviendo deprisa») no logra pegar en Italia. Y la versión de «3» en portugués no prende en el mercado brasileño, aunque tiene la virtud de demostrar la capacidad de Alejandro. Como dijo el productor brasileño Telli Correra: «Para no haber hablado nunca en portugués, aprendió muy rápidamente. En veinte días ya estaba cantando y grabando de maravilla. Alejandro es una persona especial para esto, y tiene un sonido muy apto para Brasil.»

El país le abrió sus puertas más tarde, al incluir Milton Nascimento los temas de Alejandro en su repertorio e introducirse en las telenovelas de gran audiencia. Cuando se edita el «Best of» exclusivamente para Brasil, ya hay ventas muy serias.

En el disco italiano se incluyó un dúo con Paolo Valessi haciendo «Quiero morir en tu veneno» («Veleno»); y en el portugués, una colaboración de la cantante Quita Bella. Con Paolo la relación llegó más lejos, porque Alejandro le cedió «Grande», tema que da título a un álbum del italiano, o intervino en su videoclip.

Se produjeron reacciones sorprendentes en otros países de Europa. En Holanda «La fuerza del corazón» se conviene en un auténtico hit. Alejandro visita Alemania, y Francia se interesa por ese español que ha vendido tantos discos.

El año 95 también marca un hito en las opciones personales de Alejandro, ya que decide sustituir la prestación del servicio militar por desarrollar una actividad cívica, con la organización Ande. Su imagen anima varios actos y sirve para arrastrar a otras personas hacia la solidaridad con los discapacitados. En el «3» muestra este compromiso con el pacifismo a través de su canción «Por bandera», inspirada en los primeros envíos de cascos azules a la traumática guerra de los Balcanes. Su letra contrapone la pacífica vida doméstica a la fría orden que obliga a un joven a cambiar su destino.

Todos los temas del disco rezuman talento y esa oronda "redondez- que un día le reclamara un ejecutivo discográfico, al que Alejandro contesto en su lógica flamenca: «Es que no son ruedas, son canciones.»
«La fuerza del corazón» es de una abrasadora plenitud romántica y se interna en la dimensión del amor como camino hacia Dios. «Mi soledad y yo» tiene esa facultad enganchante que la hace permanecer en el cerebro mucho tiempo después de la escucha, y todo el atractivo de los amores adolescentes con su crudeza y su gran verdad. «Ellos son así» está dedicada a sus viejos amigos del barrio de Moratalaz, y «Quiero morir en tu veneno» es tan contagiosa como indica su título... la perfecta marcha melódica en progresión que se oye una y otra vez sin cansar. En «¿Lo ves?» encontramos al Alejandro más intimista que ha descubierto en el piano un nuevo y excitante medio de expresión. Tanto, que dedica a la canción dos versiones, la última de ellas sólo con su voz y el instrumento tocado por su profesor Miguel Sacristán. «Eres mía», «Se me olvidó todo al verte» y «Canción sin emoción» afianzan la nueva línea de trabajo hallada junto a Emanuele Ruffinengo, que continuará en «Más». Como dice Jesús Sánchez, su padre, que de esto sabe un rato: «Excepto un poquillo “Corazón partío”, lo que hace mi hijo me suena a pop. Algunas canciones parece que tienen un tipo italianizado... Pero vamos, que es el sellito que ha sacado él. La prueba es que las multinacionales están como locas buscando un Alejandro.»

Con toda justicia, el disco se cierra con «Ese que me dio vida», la canción homenaje a don Jesús. Y para sellito, el que Correos dedica a Alejandro Sanz. El primer sello redondo de la filatelia española. ¡Ahí es ná!

Con un disco como el «3» en la calle —más de un millón de copias vendidas en todo el mundo—, la compañía se sentía cómoda con un artista que, pese a ser cada vez más grande, sabe escuchar.

Siempre toma la decisión final, pero entendió que se le pusieran en su momento ciertas trabas. Por ejemplo, cuando se le indicó que debía esperar el momento oportuno para manifestar su «flamenquismo». Incluso aunque ya tuviera la guitarra de Paco de Lucía para «Si tú me miras», Warner rogó a Alejandro que esperara para lanzar canciones de inspiración flamenca hasta que su público pudiera entenderlo. Paradójicamente, su mayor éxito iba a ser esa fusión de salsa y flamenco llamada «Corazón partío».

De momento tenía un nuevo disco que presentar en directo y recorre, entre julio y diciembre del 95 toda España. Precisamente en diciembre se toma su revancha «flamenquista» en el concierto del Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid. Su ídolo Paco de Lucía en persona le acompaña a la guitarra en «Mi primera canción». También está sobre el escenario Sole, de Presuntos Implicados. A continuación, Alejandro se arranca con las «Bulerías de Manuel»: «Anoche soñé contigo, fue como un cuento de hadas, yo era el príncipe del cuento y tú la reina encantada. Cuando yo me desperté y vi que tú me faltabas, quise quedarme dormido pero el sol no me dejaba.»

El 18 de diciembre hizo un alto —que nunca perdona— para celebrar su cumpleaños. Le acompañaron ese día el futbolista Iván Zamorano, Ramón Colom, Remedios Cervantes, Luis Cobos, Millán Salcedo y Pepe de Lucía, entre muchos otros amigos y algunas privilegiadas fans que pudieron saludarle a altas horas de la madrugada.

Siguió desde febrero y hasta mayo del 96 su extensa gira americana, donde «3» prende al fin y se lanza a un nivel tan alto que desde entonces Alejandro trabaja en todo el continente, siendo hoy, con Luis Miguel, el artista más vendedor en Latinoamérica.

En esta época, influido por su absorbente pasión por el piano, refuerza su hábito de trabajar y componer siempre de noche. Se autoexige de tal manera, y las horas de practicar le magnetizan tanto, que acostumbra a su metabolismo a funcionar con el silencio y la calma de la oscuridad.

De «Alejandro Sanz 3» salieron tres vídeos: «La fuerza del corazón», de Maru Basamón, con la estética fresca de road movie que marcaba en la época un célebre anuncio de coches. «Mi soledad y yo», de Juan Luis Arruga, que tiene las calles de La Habana vieja como fondo y respira ambiente de moda. Y el último, el misterioso «¿Lo ves?», tal vez el más vanguardista, que adelanta la obsesiva densidad de películas que llegarían más tarde, como «Tesis», de Alejandro Amenábar. En el clip, el cantante y su chica están unidos/separados por un entramado de espejos y cámaras de vídeo que les relacionan tanto como les desunen, ya que nunca llegan a tocarse. Una semblanza de la incomunicación en la pareja muy bellamente expresada por el realizador Miguel Navarro y que se corresponde fielmente con la letra de la canción.

En el largo camino que hubo que recorrer hasta lograr el éxito americano de «Alejandro Sanz 3», hay un viaje que nunca se borrará de la memoria de Yann Barbot...

«Había que hacer una entrevista en una radio de Mayagüez —la ciudad portorriqueña— y también teníamos un contrato para actuaren Buenos Aires al día siguiente. La única manera posible era salir de esa radio escoltados por la policía para no tener que pararnos en los semáforos y llegar al aeropuerto para coger un avión a Caracas, y de ahí a Buenos Aires. Pues bien. Nos escolta la policía, llegamos al aeropuerto... pero no había avión. Y Alejandro sentado en su maleta, con una cara hasta los pies...»

«El avión vino media hora más tarde, al llegar a Caracas no había nadie en el aeropuerto para recogernos. Tuvimos que subirnos a la camioneta de los equipajes para llegar a la terminal, y allí nos enteramos de que habían vendido nuestros billetes. Y yo, desesperado, llamando a la compañía a cobro revertido, porque entonces no llevábamos estos teléfonos móviles tan fantásticos que llevamos ahora. Cuando por fin consigo los billetes para Buenos Aires, ¡zas!, a Alejandro se le sienta al lado una señora y le cuenta que en ese mismo trayecto tuvo un accidente días atrás y el avión había hecho un aterrizaje forzoso. Todo esto, cayendo una tormenta terrible y Alejandro, al que no le gustan nada los aviones..., blanco como el papel. Tuvimos que aterrizar en Asunción, desde ahí llegar a Buenos Aires... Una odisea.»

Alejandro palía su prevención hacia los aviones con el consumo frenético de películas. A veces también lee, e intenta dormir en ellos todo lo que puede. No siente en cambio ningún temor cuando es él quien pilota un helicóptero, una afición que se le despertó en Brasil.

Hoy es el artista ideal para cualquier departamento de promoción. No se queja jamás de una agenda cargada, y al final la cumple más allá de lo previsto, incluso disfrutando con ello, porque «creo que hay dentro de mí una especie de resorte que intenta aprovechar lo máximo de cada persona que conozco».

Durante su estancia en Brasil en otoño del 99, se metió a todo el mundo en el bolsillo por gestos como el de pararse a saludar a las empleadas de la limpieza mientras le esperaban en el plató central de O Globo para una entrevista importantísima.

«Me decía el de producción “qué marketero eres”. Pero probablemente esa señora no tendrá dinero para comprarse el compacto y se lo tengamos que regalar nosotros, así que no es marketing. Se trata de disfrutar con lo que haces. Está muy bien hacer esperar a un presentador porque estás saludando a la mujer de la limpieza, porque en esta etapa de mi vida, para mí es más importante la gente que tiene otros valores. Quizá esa señora tampoco los tenga, pero seguro que está más cerca.»

 

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